Este año nos enfrentamos a un desafío clave: preparar a nuestros estudiantes para un mundo en constante transformación. A esto se suman los desafíos sociales, como la convivencia en la diversidad, el cuidado del medioambiente y la importancia del bienestar emocional. Si bien estos no son los únicos, nos interpelan en la cotidianeidad del día a día.
Como escuela, inspirados en los valores del Evangelio, queremos formar personas críticas, creativas y resilientes, capaces de adaptarse a estos cambios con responsabilidad, solidaridad y un profundo sentido de comunidad.
Nuestro rol como docentes ha evolucionado, exigiéndonos crear entornos de aprendizaje motivadores y adaptados a las necesidades individuales de cada estudiante. Hoy, pasamos de un enfoque centrado en los contenidos a uno que prioriza los aprendizajes profundos, poniendo a la persona en el centro del proceso educativo.
Esto nos significa renovar nuestras prácticas con una mirada humana y cercana, fortaleciendo vínculos y poner el amor en el centro de nuestra tarea. Queremos que nuestros estudiantes no solo adquieran conocimientos, sino que también crezcan en la Fe y en el compromiso con los demás.
Si bien es un desafío muy ambicioso, para lograrlo, contamos con un equipo docente con mucho compromiso y una comunidad unida por la Fe. Creemos en la integración de la tecnología, la educación emocional y el trabajo en equipo, siempre desde una visión cristiana que nos invite a ser mejores personas. Con esfuerzo, oración y compromiso, estamos seguros de que esta será una oportunidad para crecer juntos en aprendizaje, en valores y en la fe.